¿Cine? ¿Danza? ¿Danza y cine? A
estas alturas no nos resultará nada raro hablar de baile cuando visionamos una
película en la gran pantalla. ¿De pequeños no habéis cantado bajo la lluvia? O,
¿no habéis movido la pelvis en el momento que os entraba la fiebre del sábado
noche? O, ¿quizás habéis sonreído al escuchar y ver a aquella niñera bailando
con pingüinos? ¿Podría ser que aquel niño que bailaba y soñaba con poder
mostrárselo al público fuerais alguno de vosotros?
La danza es una de las artes más
antiguas de la humanidad. Vigente en los
rituales del hombre primitivo cuando rendía pleitesía a sus dioses, se
convirtió en un arte mayor en la época de la Grecia clásica. Era, en ocasiones,
intercalada en los dramas trágicos del teatro heleno. Por medio de la danza nuestros
antepasados pudieron expresar su estado de ánimo: alegría, ira, odio, temor,
amor, fantasía o tristeza.
Diversos pueblos alrededor del
mundo establecen un símil entre la propia vida y la danza, abarcando desde el simple
movimiento de las nubes a los cambios de estación. ¡Mamma mia! ¿No parece una locura?
La historia de la danza refleja
las variaciones en la forma en que las personas conocen el mundo, relaciona sus
cuerpos y experiencias con los cursos de la existencia.
Todo aquello que nos rodea se encuentra en constante
movimiento; éste le da un toque de
seducción y singularidad de la danza, cosa que le permite interactuar con
numerosas disciplinas. Una de estas interacciones ha sido con un arte que, asimismo,
indaga el movimiento: el cine.
¿Bailamos? - le dijo el baile al cine desde el nacimiento del
séptimo arte. Gracias a dicha proposición la danza ha sido manejada por grandiosos
directores en sus películas, incluso en la época muda.
De este mundo se desprenden
prestigiosos coreógrafos y bailarines que llegaron a lo más alto del pódium, agitando los estilos populares
de la danza, especialmente el tap y el jazz. Ha coexistido tanta química entre
ambas, que diversos directores de renombre aún manejan secuencias de baile para
ofrecer mayor impacto a una escena, aumentar las relaciones entre personajes o
aportar mayor sensibilidad y estética a sus cintas.
Sin embargo, en 1927, cuando Al
Jolson emitió las primeras palabras en pantalla con la cinta El cantante de jazz, nació el cine
sonoro y a la vez emergió uno de los géneros más populares del cine: el
musical. Éste, que combina canto, música y baile, tuvo su auge durante la
década de los 30 hasta finales de los setenta. ¡Esto es ritmo!
De esta manera, podemos ir cantando bajo la lluvia y encontrarnos
con los pasos extasiados de Gene Kelly. O, por ejemplo, ir al séptimo sello y bailar la danza de la
muerte. La composición de danza y canto en la escena de la liberación del
pueblo campesino en Novecento es un verdadero dirty dancing. Incluso, no nos olvidemos que John Ford incluyó
escenas de baile en sus westerns más célebres.
Por otro lado, Berkeley poseía un
ritmo loco inconcebible a la hora de
inventar coreografías, caracterizadas por un estilo visual casi exacto, lo que
le convirtió en una eminencia del musical. Con él podemos transportarnos hasta la calle 42 en la época de la gran
depresión o podemos asistir a la escuela
de sirenas y aprender el verdadero arte de nadar. No obstante, el frenesí llegó con la primera sirena, en la que las
secuencias de baile acuático ascienden a la perfección. Además de Berkeley, es
oportuno mencionar a la pareja de oro de la música: Fred Astaire y Ginger
Rogers. Juntos fueron volando hacia Río para
imponer el baile de moda.
En los sesenta, momento de
ruptura en el cine, un día en Nueva York
le llegó la hora a West side story
(1961), obra que se aleja del aire romántico del clasicismo y nos transporta a
las calles sucias de dicha ciudad estadounidense, campo de batalla de dos bandas
juveniles. Al compás de la música y danza se observan problemas como la
migración latina, la delincuencia juvenil y la marginalidad.
Las noches de sol terminan en Danzad,
malditos, danzad, donde está presente una situación dura y repleta de desabrimiento. Si anteriormente
el baile era sinónimo de alegría y vitalidad, aquí nos muestra su cara
degradante. Describe las vivencias de bailarines aficionados que durante el periodo
de la Gran Depresión participaban en las competiciones de baile para ganarse
unos cuantos dólares.
¿Quién no ha oído hablar de John
Travolta? A finales de los setenta se impuso con excitación este joven que se
convirtió en el rey de las discotecas y conquistó el corazón de millones de
adolescentes, con títulos como Grease,
en el que interviene con Olivia Newton John, Pulp fiction o That's Dancing!
Finalmente, una de las
denominaciones más alegóricas es Fama (1980), de Alan Parker, donde podemos
disfrutar de distintas manifestaciones artísticas, cada una de ellas tan
peculiar como la anterior. Por esta misma razón, cabe rememorar cada palabra
que dijo Moliére en su obra El burgués gentilhombre: "Nada hay tan
necesario al hombre como la danza”. Cuando alguno de nosotros sigue una
conducta errónea, decimos: Ha dado un mal paso. ¿No se derivará de no saber
bailar?

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